La escuela de Atenas de Raffaello Sanzio
Para la Grecia clásica los filósofos
fueron los primeros científicos que se afanaron por alejarse de la ignorancia,
elevando y ennobleciendo la ciencia a la que se entregaron en una sincera
búsqueda de la verdad y el sentido de la existencia. Su particular entrega al
conocimiento desde la libertad y la creatividad sería lo que mayor admiración
despertaría entre sus contemporáneos. Pero, de eso ya hace mucho tiempo, y así
como la concepción de la naturaleza como un espacio sagrado fue solapado por
los dogmas antropocéntricos y teológicos dominantes, el sentimiento magnánimo
hacia la filosofía ha sido sustituido por la cruel tiranía del utilitarismo.
Las horas de filosofía en los currículos
académicos han ido adelgazando con los años y en estos momentos su desaparición
definitiva se encuentra en algunas agendas políticas. Sin embargo,
de la importancia de su existencia, como de la de las humanidades en general,
dependerá el tipo de ser humano que queramos ser en el futuro.
La Comunidad de Madrid tendrá la
oportunidad de escoger en las próximas elecciones del mes de mayo a un
candidato catedrático de Filosofía, eligiendo con ello a la persona y el
proyecto político con el que construir el porvenir de los próximos años. O por
el contrario continuar con esa malograda mezcla de ridículo, inoperancia, frivolidad
y prepotencia que los antiguos filósofos hubieran diagnosticado como auténtica
ignorancia, la misma que no se podrá usar de excusa cuando Madrid además de seguir
siendo la ciudad del libertinaje europeo, se convierta en el paraíso de los atascos,
de los empleos basura, de concebidos no nacidos miembros de la unidad familiar
y de las pizzas a tutiplén en las escuelas.
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