La
Venus Rubia protagonizada por Marlene Dietrich comienza con
una escena, eliminada originalmente por la censura española, en la que unas
nadadoras se bañan alegremente en un lago, ante la mirada secreta de unos
hombres. La película se inicia entonces, tras una elipsis temporal, en la que descubrimos
a uno de aquellos hombres a los pies de una cuna en la que duerme su hijo,
mientras su esposa le cuenta su propia historia de amor, la de aquella nadadora
que conoció a un hombre que la observó a escondidas mientras jugueteaba en el
agua y del que se enamoró. Con el inicio original Josef
von Stenberg dibuja un edén, el paraíso antes del pecado original, en el que
las nadadoras, como inocentes y virginales ninfas, interactúan ajenas a la
mirada indiscreta del hombre. Luego dará paso a la estampa del ideal de familia
tradicional, dejando, de este modo, muy clara
sus intenciones. Con su película el director defenderá los modelos sociales implantados
por el patriarcado, valiéndose de la actriz que mejor pudo transmitir aquellos turbulentos
tiempos de confusión. La década de los años 30 estuvo estigmatizada por la Gran
Depresión poniendo en entre dicho la perpetuidad del capitalismo, por lo que
éste tuvo que reinventarse y creó el American
way of life provocando un tipo de consumo que incidió de manera especial en
la mujer. Y las mujeres americanas empezaron a reclamar mayor independencia de
las ataduras familiares y mayor participación en el ámbito público donde podían
encontrar mayor libertad individual y sexual. Ante esta nueva situación que
pondría en peligro el modelo tradicional de familia en 1932 Stenberg irrumpe
con su película para contrarrestar los efectos devastadores que pudieran estar
provocando esos vientos de modernidad.
El tema de la película no es la historia de amor heterosexual, asunto preferido por los productores de Hollywood, sino el de la importancia de la familia por encima de todo, incluso de la propia felicidad de la madre. Y para contárnoslo, Stenberg además introduce la idea patriarcal de la irreconciliable relación entre la maternidad y la sexualidad. En este sentido el cine como tecnología de género, según postula la teórica feminista Teresa De Lauretis, cumple perfectamente su misión, al procurar consolidar los roles establecidos. A la mujer sólo le esperan desgracias si abandona su papel de cuidadora y ama de casa y el mundo laboral para las mujeres es fuente de pecado y corrupción. En este contexto aparece Marlene Dietrich, al principio como madre abnegada y después como desorbitante objeto de deseo, cumpliendo como diría Laura Mulvey su objetivo de placer visual o Ann Kaplan de fetiche. El momento de su aparición en el espectáculo es extraordinario. Oculta bajo el disfraz de un orangután realiza un striptease solapado para mostrarse con toda su exuberancia, provocando la expectación tanto en el público masculino como femenino. Sin embargo no se empatiza con ella. Su gestualidad exagerada, la deshumaniza y su frialdad desorbitada la aleja y hace inaccesible, convirtiéndola en lo “otro”, lo “incompresible”. Sus motivaciones y la entereza con la que afronta sus vicisitudes no logran entenderse, dando por sentado que el mundo más allá de la familia no tiene sentido. Cuando ella es libre y admirada estrella de los clubs nocturnos, no parece feliz. Lo transmite su mirada desconfiada y profunda y el director redunda en su posicionamiento al hacer que abandone el mundo del glamour y riqueza que le ofrece su amante y regrese junto a su marido.
Hasta aquí Josef von Stenberg cumple con lo que se espera de él, no obstante lo paradigmático que presenta la película es el tratamiento que Stenberg da a la masculinidad. Los hombres que aparecen en la historia a diferencia de lo que nos podíamos esperar, son malos. Los hombres son los que propician la perdición de la mujer o los que se aprovechan de ella. Su marido, descrito como un triste pusilánime es el que la arranca del paraíso en el que se encontraba junto al resto de ninfas para casarse con ella y luego es el que la conduce al mundo laboral donde se convierte en adultera. No la perdona y además quiere arrebatarle a su hijo. Los dueños de los clubs nocturnos sólo la ven como un objeto y quieren sacar provecho y el insípido policía se quiere beneficiar de su vulnerabilidad. Sólo el amante es bueno. Hubiera sido demasiado provocador mostrar tanta maldad masculina, por lo que Gary Grant incluso la llevará a casa de su marido, dispuesto a pagarle una cantidad elevada de dinero a cambio de que le deje ver a su hijo.
El tema de la película no es la historia de amor heterosexual, asunto preferido por los productores de Hollywood, sino el de la importancia de la familia por encima de todo, incluso de la propia felicidad de la madre. Y para contárnoslo, Stenberg además introduce la idea patriarcal de la irreconciliable relación entre la maternidad y la sexualidad. En este sentido el cine como tecnología de género, según postula la teórica feminista Teresa De Lauretis, cumple perfectamente su misión, al procurar consolidar los roles establecidos. A la mujer sólo le esperan desgracias si abandona su papel de cuidadora y ama de casa y el mundo laboral para las mujeres es fuente de pecado y corrupción. En este contexto aparece Marlene Dietrich, al principio como madre abnegada y después como desorbitante objeto de deseo, cumpliendo como diría Laura Mulvey su objetivo de placer visual o Ann Kaplan de fetiche. El momento de su aparición en el espectáculo es extraordinario. Oculta bajo el disfraz de un orangután realiza un striptease solapado para mostrarse con toda su exuberancia, provocando la expectación tanto en el público masculino como femenino. Sin embargo no se empatiza con ella. Su gestualidad exagerada, la deshumaniza y su frialdad desorbitada la aleja y hace inaccesible, convirtiéndola en lo “otro”, lo “incompresible”. Sus motivaciones y la entereza con la que afronta sus vicisitudes no logran entenderse, dando por sentado que el mundo más allá de la familia no tiene sentido. Cuando ella es libre y admirada estrella de los clubs nocturnos, no parece feliz. Lo transmite su mirada desconfiada y profunda y el director redunda en su posicionamiento al hacer que abandone el mundo del glamour y riqueza que le ofrece su amante y regrese junto a su marido.
Hasta aquí Josef von Stenberg cumple con lo que se espera de él, no obstante lo paradigmático que presenta la película es el tratamiento que Stenberg da a la masculinidad. Los hombres que aparecen en la historia a diferencia de lo que nos podíamos esperar, son malos. Los hombres son los que propician la perdición de la mujer o los que se aprovechan de ella. Su marido, descrito como un triste pusilánime es el que la arranca del paraíso en el que se encontraba junto al resto de ninfas para casarse con ella y luego es el que la conduce al mundo laboral donde se convierte en adultera. No la perdona y además quiere arrebatarle a su hijo. Los dueños de los clubs nocturnos sólo la ven como un objeto y quieren sacar provecho y el insípido policía se quiere beneficiar de su vulnerabilidad. Sólo el amante es bueno. Hubiera sido demasiado provocador mostrar tanta maldad masculina, por lo que Gary Grant incluso la llevará a casa de su marido, dispuesto a pagarle una cantidad elevada de dinero a cambio de que le deje ver a su hijo.
Marlene Dietrich en La Venus Rubia ha sido analizada como
ejemplo de mujer fetiche y desnaturalizada su maternidad en la película y, el
que fuera su amante en la vida real y director en 7 películas, Josef von
Stenberg, descrito como cineasta que relega a las mujeres a la ausencia. Ambas cuestiones pueden ser
más o menos controvertidas, al igual que la representación masculina en este
film.
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