La bola negra no va de Lorca, aunque el
universo lorquiano impregne toda la película. Ni siquiera va de la guerra civil
española, pese a ser el marco espacio temporal de dos de las tres historias que
transcurren entrelazadas.
La bola negra es un alegato sobre la
homosexualidad, en este caso masculina que encuentra en la figura de Federico
García Lorca un trágico referente que sólo aparece al final, para dar sentido a
los relatos que se alternan entre 1937 y 2017.
La obra teatral de Lorca, La bola negra, de la que sólo
se conservan cuatro páginas es el leitmotiv de la ficción que los directores
Javier Calvo y Javier Ambrossi han creado a partir de La piedra oscura de
Alberto Conejero para desplegar una narrativa marcadamente homófila en la que los
conflictos de las tres historias giran en torno a la homosexualidad autorreprimida
o perseguida socialmente.
De ahí la exhibición de escenas de bellos jóvenes desnudos corriendo
en la orilla del mar, del cuerpo herido y expuesto a la mirada del reprimido deseo,
del llanto silencioso en la noche que balbuceaba a la muerte, de los posados de
marineros, de la explícita escena de sexo entre hombres e incluso de la
escultura derruida de un San Sebastián.
Pero todo ello en el mismo campo semántico de Lorca, de su
poesía, su música y su ideología para hacer memoria a la desmemoria de aquella juventud
de 1936 perdida por su condición sexual o por su compromiso político con el
socialismo, la cultura, el arte o con una España que se abría al progreso.
Progreso que se vio truncado por el golpe militar segando de
raíz tantos amores como el de Lorca por Rafael Rodríguez Rapún, joven
estudiante de ingeniería, futbolista y actor de La Barraca al que dedicó los Sonetos
del amor oscuro. Interpretado por Miguel Bernardeau con una fuerza que traspasa
la pantalla, trasciende el tiempo y logra “no desaparecer del todo” como
escribiría Conejero al finalizar la última escena de su pieza teatral. Rafael representa
la homosexualidad sincera, abierta y comprometida que contrasta con las
reprimidas de sus alter ego, Sebastián y Carlos. El primero, el joven semi
analfabeto que sueña con un Madrid libertario donde tocar la trompeta sin ser
visto sobre un escenario de comediantes y que Guitarricadelafuente interpreta como
si llevara toda la vida delante de una cámara. Y el segundo conducido por un
lánguido Milo Quifes que, magnífico, no deja de recordarnos al propio Lorca deambulando
entre la obligación y el deseo, la apariencia y el desenmascaramiento para
concluir rendido bajo los escombros de un bombardeo.
Un espectáculo de hombres guapos y excelentes actores como el
cuarto protagonista masculino, Alberto, interpretado por Carlos González que
nos sitúa en la actualidad y retrata el universo gay en el que los conflictos
familiares llegan a ser incluso transgeneracionales.
Todos ellos compartiendo escena con las soberbias interpretaciones
femeninas de Lola Dueñas, Penélope Cruz y Glenn Close a la que el papel le
viene como anillo al dedo.
La música, que combina temas de la época con actuales, cuenta
con momentos sublimes con piezas como La Nieve por el propio
Guitarricadelafuente o la seguiriya cantada por María Terremoto con la música
original de Raül Refree.
La bola negra rebosa frescura a pesar de
su espeso trasfondo, y llega en un momento clave, cuando están en juego derechos
que creemos consolidados y avances sociales y económicos a riesgo de
desaparecer, como desaparecieron las vidas de los jóvenes fusilados que los
directores hacen pasar delante del mural propagandístico franquista en el que irónicamente
se leía: En España empieza a amanecer.
No en vano, la película finalizará con el último verso del
poema de Lorca El amor duerme en el pecho: Mira que nos acechan todavía.

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