Las espigadoras de Jean Francois Millet
Una “respetable”
señora mayor, de pelo cardado y vestida de marcas de alta costura, comentó en
cierta ocasión que: “¿cómo era posible que una cualquiera llevase un bolso
Loewe?”. Y un joven no de “tan noble cuna” expresó en otro momento que: “ya
hasta en el Tussam olía a Versace”. Y es que las diferencias se estaban
reduciendo como consecuencia de que cada día había menos desigualdades. Ese era
uno de los objetivos del Estado de Bienestar: que las clases menos favorecidas, pudieran
disfrutar de bienes de consumo que sólo habían estado al alcance de las clases
adineradas.
Esas diferencias
que tanto gusta a los poderosos y que son las que dan sentido a su designio
divino de colocarse por encima de los demás, han sido las que se han ido diluyendo a pesar de la resistencia de aquellos que
siempre han querido distanciarse de la mayoría.
“Ilustres”
personajes como Esperanza Aguirre, condesa de Bornos y grande de España es
icono en sí misma de esa antigua reivindicación de clase. Los de clase alta,
adinerada, acomodada, élite y demás adjetivos que llenarían un pupitre de
glamour, siempre han querido diferenciarse y se han manifestado diciendo incluso
que “si por ella fuera, lo privatizaría todo”. Lógicamente respondiendo a su
ideario de mantener, asegurar y perpetuar la diferencia. Y el principal espacio
destinado a reducir esa diferencia es la educación. Por ello quieren
desmantelar la pública y desvían los recursos económicos hacia la privada donde
sus hijos aprenderán a dirigir las industrias, las empresas y el gobierno,
respondiendo así a su legítimo destino. El actual gobierno de Andalucía ya es
pionero en la reducción de aulas en la educación pública (360 en el curso
2025-2026, 2.700 desde que gobiernan) muchas de ellas, unidades para el
alumnado con necesidades especiales. En la FP también están haciendo negocio,
reduciendo las plazas públicas y desviando los presupuestos a los centros
privados en los que el coste por curso supera los 3.000 euros para las
familias. Y con la reciente aprobación de la Ley Universitaria aumentarán las universidades
privadas, vetando titulaciones en la pública como la Ingeniería Biomédica o la
Inteligencia Artificial para luego autorizarlas en los centros privados.
En la sanidad, el
gran negocio que quieren acaparar, también debe haber diferencia, para que
nadie vuelva a repetir las palabras de Rosario Valpuesta en relación a que la
democracia es que la rectora de una universidad y una portera de colegio estén
juntas recibiendo el mismo tratamiento de quimioterapia. ¿Dónde se ha visto
esto? diría la señora repeinada del bolso Loewe. La sanidad pública con menos
recursos cada día según la hoja de ruta de los gobiernos de derecha se debe
convertir en una suerte de “beneficiencia” destinada a esa mayoría de
trabajadores pobres, mientras la sanidad privada y
lucrativa estará reservada para los que la puedan pagar. Andalucía ya es
pionera en la externalización de servicios sanitarios y en su nefasta gestión a
la vista del escándalo de los cribados de cáncer de mama que ha provocado que
cientos de mujeres desarrollen la enfermedad.
Cuando nos decían
que habíamos provocado la crisis de 2008 porque habíamos vivido “por encima de nuestras
posibilidades”, comprando coches de alta gama y hasta televisores de plasma,
así como alguna que otra casa en la playa, lo que subyacía bajo aquellas palabras
era ¿qué os habíais creído? Esos coches, esos televisores y las casas en la
playa son la “diferencia” entre vosotros y nosotros.
Por ello,
sigilosamente unos y otros a lo bruto, quieren desmontar el Estado de Bienestar
y convertirlo en un Estado Estamental en el que todos estemos bien diferenciados
y seamos más desiguales. Habrán conseguido lo que buscaban que haya diferencias,
aunque entre ellas, se encuentre la que mejor les retrata: con quién y contra
quienes están.
No obstante no
deberían haber mostrado tanta preocupación, como ya dijera Manuel Vicent en su
artículo “Perdices”: “Nadie les va a quitar las fincas rústicas o urbanas,
podrán continuar matando cochinos, venados y perdices hasta el final de sus
días, seguirán saludando con una cigala en la mano a sus amigos en las
marisquerías, los notarios y registradores serán siempre sus aliados naturales,
darán dentelladas de escualo en los despachos insonorizados y después de una
vida llena de tajadas volarán al cielo, donde serán recibidos por Dios con los
brazos abiertos bajo una lluvia de mazapán (…)”
Sin embargo, la
mayoría de la gente no quiere ser como ellos, quiere que les dejen ser ellos
mismos: que puedan decidir con quién casarse, su maternidad y cómo morir, y al envejecer que el Estado les proteja con la Ley de
Dependencia; que puedan llevar a sus hijos a colegios públicos de calidad para
elegir el futuro que les apetezca y que les asistan en los hospitales sin
pedirles la cuenta corriente. Ésta es la diferencia.

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