El cinematógrafo: cuando lo falso es verdadero y lo verdadero es falso

 

The Cameraman, 1928

El 15 de julio de 1914 El Noticiero Sevillano publicó en portada el artículo titulado El cine sin film en el que se narra un suceso ocurrido en la ciudad francesa de Vincennes y que tendría por protagonista al cinematógrafo. Este dispositivo será utilizado como coartada en un atraco realizado a plena luz del día y ante la mirada impasible de los transeúntes engañados por creer que se trataba del rodaje de una película. El 21 de febrero de 1928 el mismo periódico sacará también en portada un artículo firmado por Wenceslao Fernández Flores titulado Mi película en el que el autor narrará, en primera persona, su experiencia como guionista cinematográfico, destacando la ocurrencia de unos ciudadanos que golpearon a unos actores al creerles atracadores.  Estos dos textos que ofrecen dos visiones donde la verdad es subjetiva y enfatizan la presencia y notoriedad del cinematógrafo han sido los que ha propiciado que indaguemos sobre ello y su significado en dos momentos distintos de la historia del cine, a mediados de su implantación en el primer caso y el segundo a las puertas de la llegada del sonoro.

En 1914 el cine mudo ya formaba parte de la sociedad tras un periodo de acoplamiento en el que simbióticamente público y géneros, gustos y narrativas habían crecido influyéndose mutuamente. Desde 1896, fecha en la que el cinematógrafo llega a las principales capitales, el cine comienza a ser una parte más de la vida de la ciudad y observar a camarógrafos tomando imágenes en las calles se convertiría en algo propio de la cotidianeidad.

Un domingo la multitud empezó a correr por las calles de Vincennes (Francia) porque dos damas que iban sentadas en un automóvil, detenido éste al borde de la cera, daban gritos de espanto. Dos individuos tocados con gorra ataron a las señoras sólidamente arrojándolas brutalmente sobre el pavimento. Algunos transeúntes desconocedores de lo que allí ocurría, quisieron intervenir; pero un operador del cine se precipitó a ellos, rechazándoles y suplicándoles de que no permanecieran en aquel sitio molestando. En efecto, a algunos metros de distancia del coche un fotógrafo de cine daba vueltas a la manivela. Los espectadores comprendiéndolo todo se agruparon en círculos a respetuosa distancia. (…) Concluida su hazaña los bandidos montaron en el auto e hicieron una señal al operador indicándole que había terminado la confección del film desapareciendo en tanto que los artistas encendían un cigarrillo. Lo que no se comprendió al principio fue el por qué las damas y el chauffeur continuaban en el suelo. (El Noticiero Sevillano, 1914)

Todo había sido una ilusión. Se creyó por verdadero lo falso otorgando al camarógrafo similar autoridad que la de un uniforme militar o la de una bata médica. El oficio de captar el transcurrir diario como noticias o grabar una ficción ideada exprofeso ya era conocido y habitual presenciar el rodaje de escenas cinematográficas en la calle, pero el hallazgo del texto publicado en El Noticiero Sevillano nos llevará a corroborarlo, así como el poder que este nuevo dispositivo ejercería sobre la percepción de la realidad. Y precisamente ese poder sería el que los atracadores aprovecharían para camuflar el atraco. Por otra parte, la apreciación de veracidad que provocaría el operador de cámara redunda en la consideración del cinematógrafo como un nuevo dispositivo ya consolidado en 1914. Y la publicación del suceso en el periódico local sevillano remarcará ese mismo potencial y convertirá el incidente en anécdota para los anales del cine. El título: El cine sin film, con el que se pretenderá, acertadamente, atraer la atención en primera plana, plantea en sí mismo una paradoja que, sin embargo, deja de serlo porque lo ocurrido es cine al vislumbrar una historia que está ocurriendo en tiempo real y es cine doblemente porque su ficción es el engaño del rodaje. Engaño que se sobredimensiona cuando el público lector conoce la reacción del agente que da a conocer a los ciudadanos burlados la   tarjeta que habían dejado los ladrones y que decía: "Compañía de robos modernos. Organizaciones cinematográficas para engañar a la multitud y a las autoridades durante las operaciones. Robos de casas bancarias y de automóviles, escalo y perforación de murallas. Éxito garantizado; precios moderados".

 

El Noticiero Sevillano, periódico en el que se publicará este suceso, será exponente de la prensa independiente de Sevilla y testigo de la transformación social y económica que produjo el cinematógrafo en la ciudad. Fundado por Francisco Pérez Mencheta el 25 de marzo de 1893, “fue probablemente el primer gran diario de información general en Sevilla. Su publicación se extendió por espacio de cuatro décadas y llegó a convertirse en el decano de la prensa sevillana y uno de los diarios de mayor tirada de Andalucía” (Álvarez Rey, 2009). En sus páginas publicarán autores relevantes como Manuel Chaves Nogales, Juan Ramón Jiménez, Manuel Halcón, José María Izquierdo o Wenceslao Fernández Flores a quien pertenece el texto que comentaremos a continuación y que redundará igualmente en la subjetividad de la percepción, pero que contrariamente, si en el texto anterior se toma lo verdadero por falso, en esta ocasión será lo falso tomado por verdadero.

 

Bajo el título: Mi película, Fernández Flores publicará en 1928 un extenso artículo en el que desgranará la lamentable opinión que le merecía el cine español como introducción a la narración de su experiencia como escritor cinematográfico. Y tras relatar los pormenores del proceso creativo sometido a las presiones e indicaciones del director, el autor mencionará lo ocurrido durante el rodaje de la película en el que la actriz Elisa Romero sería salvada por unos transeúntes que creyeron verdad el secuestro que se estaba rodando.

El caso fue que se hacía preciso simular el rapto de una muchacha en la calle de Alcalá, a la luz del día. Eligióse el trozo de acera al pie del edificio de Bellas Artes -desde donde “rodaba” el operador-; y cuando Elisa Romero -que encarnó la protagonista- se acercó al lugar señalado, los dos mimos que debían secuestrarla, lanzándose contra ella. Pero detrás de Elisa, obsequiándola con galantería, caminaban dos transeúntes cualesquiera. Y al ver que la bella muchacha era brutalmente acometida y elevada en vilo por aquellos sujetos, se precipitaron a impedirlo, clamando por los guardias. Se detuvo el operador, se interrumpió la escena y se les explicó a los indignados caballeros que se trataba de un episodio de película. (El Noticiero Sevillano, 1928)

Esta anécdota será el reverso de la anterior, pero destacará del mismo modo la percepción errónea del espectador al considerar, en este caso, real lo que era ficticio. Obviamente, aquí el camarógrafo no estaría visible por lo que la escena carecería de la evidencia de que se trataba de una ficción y el verismo de la acción engañaría a los transeúntes que no dudaron en ayudar a la joven que creían secuestrada. Y esta falsa ilusión y confusión perceptiva volvió a repetirse por lo que Wenceslao Fernández Flores expresará: “Vuelta a empezar. Pero entonces fue el chófer de un automóvil de punto frente a Bellas Artes el que saltó del “baquet” y, sin pronunciar palabra, acometió a puñetazos a los actores. Todavía hubo un tercer incidente”.

 

Los dos textos comentados, inéditos y publicados con un intervalo de 14 años coinciden en subrayar dos aspectos cruciales del cinematógrafo: su potencial como creador de realidades y su capacidad para transformar la percepción.  Por la ensoñación que provocará el cinematógrafo se tomará por falso lo verdadero, bajo el espejismo del movimiento de una manivela. Y se creerá verdadero lo falso por la influencia de la sugestión. Dos ficciones cuyas realidades fueron subjetivas, pero desvelaron la naturaleza ilusoria del cine.

 

Transcripción completa de los textos:

El cine sin film

Uno de los espectáculos más curiosos que en ocasiones se presenta al transeúnte es el de confeccionar un film siendo algunos barrios preferidos por los operadores.

En una calle cualquiera con preferencia tranquila y generalmente desierta aparece bruscamente un hombre que empuña un carrillo lleno de quesos; por el otro extremo de la vía, llegan dos transeúntes, que después de disputar agriamente, próximos al carrillo, terminan por coger los quesos y arrojárselos mutuamente a la cabeza: sobreviene el obligado municipal que recibe en la cabeza un roquefort o un gruyere.

Las gentes del barrio que están habituadas a tales escenas de violencia, no se emocionan en lo más mínimo. Saben que se confecciona un film.

Algunos días, singularmente los domingos, los paseantes que no son precisamente los del barrio se extrañan y asustan.

Un domingo la multitud empezó a correr por las calles de Vincennes (Francia) porque dos damas que iban sentadas en un automóvil, detenido éste al borde de la cera, daban gritos de espanto. Dos individuos tocados con gorra ataron a las señoras sólidamente arrojándolas brutalmente sobre el pavimento. Algunos transeúntes desconocedores de lo que allí ocurría, quisieron intervenir; pero un operador del cine se precipitó a ellos, rechazándoles y suplicándoles de que no permanecieran en aquel sitio molestando. En efecto, a algunos metros de distancia del coche un fotógrafo de cine daba vueltas a la manivela.

Los espectadores comprendiéndolo todo se agruparon en círculos a respetuosa distancia. En el mismo instante supuesto que todo estaba muy bien preparado un chauffeur salió de una casa y al ver a las dos damas en aquel estado quiso arrojarse sobre los bandidos; pero éstos saltaron sobre él y asestándole un terrible puñetazo en la nuca lo hicieron caer a tierra.

Concluida su hazaña los bandidos montaron en el auto e hicieron una señal al operador indicándole que había terminado la confección del film desapareciendo en tanto que los artistas encendían un cigarrillo. Lo que no se comprendió al principio fue el por qué las damas y el chauffeur continuaban en el suelo. Evidentemente ellos no sabían que el film había terminado y sus camaradas se divertían dándoles una broma algo pesada.

Al cabo de un cuarto de hora algunos se acercaron a las señoras y al chauffeur que volvía en sí; sus primeras palabras fueron de una grosería desconcertante.

¡En este país son todos unos perfectos bandidos! Ven ustedes asesinar a dos mujeres, volar un auto y permanecen tranquilos. ¡ustedes ríen! Esto les divierte.

Llegó un agente.

Es muy gracioso lo ocurrido, no es posible encontrar en la compañía mejores artistas. Han dejado aquí su dirección.

Y el agente ofrecía una tarjeta que decía: "Compañía de robos modernos".

Organizaciones cinematográficas para engañar a la multitud y a las autoridades durante las operaciones. Robos de casas bancarias y de automóviles, escalo y perforación de murallas. Éxito garantizado; precios moderados".

Mientras que el chauffeur medio loco por la incomprensible hilaridad del público y por la indiferencia de los agentes, levantaba del suelo a las dos señoras, los espectadores empezaron a comprender que las operaciones hechas habían sido un verdadero delito y que ellos eran los engañados. (El Noticiero Sevillano, 1914)

 

Mi película. (Datos para la prehistoria del “cine” en España). Cuando hace poco más de un año recibí la visita de unos señores que me encargaron el asunto de una película, yo ignoraba completamente el funcionamiento de la cinematografía española. Conocía algunas de las abominables cintas que perpetró y había predicho, con fácil perspicacia, el descrédito y la repulsión que obligadamente seguirían al agrado con que nuestro público acogía en un principio la producción nacional. Porque es conveniente saber, para que la culpa recaiga sobre quien debe recaer, que “todos” los primeros “films” españoles han obtenido éxitos económicos; algunos de ellos, copiosísimos.

Yo no sabía lo que era, por dentro, ese mundillo de actores y actrices de “cine”, de operadores y de aspirantes a la notoriedad de la pantalla. Pero hoy os digo que la película cómica más hilarante que se podría lanzar al mercado sería aquella que recogiese los extraños procederes de esta gente absurda, falta de directores inteligentes, entregada a su propia intuición, picada por la neurosis de una ambición que no pueden satisfacer nunca. Claro que existen excepciones, y yo he observado en el trance a que me refiero a algunos aficionados que, si tuviesen un guía competente y continuidad en sus estudios y en su trabajo, podrían llegar a ser mimos muy aceptables. Pero la generalidad forma una muchedumbre pintoresca e inútil, solo aprovechable para el escritor que quisiese utilizarla en una novela muy de nuestro siglo.

El joven actor que se encargó de la dirección de la película en esta primera andanza mía por esos caminos no tenía más que una obsesión: la glosa de un excelente “film” exhibido por aquel entonces y que se titulaba “La locura del chárleston [sic]” en el que se habían logrado grandes aciertos de movimiento. Todo lo que no fuesen piernas y pies agitándose locamente, no afectaba su sensibilidad. Creía también con fe ciega en el arte entusiástico de una lucha a puñadas, estilo americano, y enriqueció mis iniciativas con aportaciones de esa naturaleza. Se ha hablado mucho de la intervención de los empresarios de teatros en las obras de los dramaturgos, pero no creo que sean tan absurdas como las que intenta un director cinematográfico sin aptitudes. Un día me dijo:

-Es muy conveniente que haya una fiesta en la película…, un baile de sociedad, por ejemplo.

- ¿Para qué?

- Para utilizar un suntuoso salón del que disponemos, un salón verdaderamente decorativo.

- Bien. Habrá un baile.

Nada más fácil. Con una sola línea arreglé el asunto. Me limité a escribir en la cuartilla número siete: “En casa de Fulanita se celebraba un baile”. A mí me salía por una friolera, y el suntuoso salón quedaba incorporado a la película. Dos meses más tarde, resultó que no se podía contar con el salón suntuoso. Entonces el director hizo armar escenográficamente otro salón que costó un puñado de miles de pesetas, para que bailasen unos señores que yo mismo, que escribí el “argumento” [sic], no sé por qué bailaban, y que sería facilísimo dejar en reposo tachando una línea que hizo añadir la sospecha de disponer de un local.

Los pequeños detalles, más o menos graciosos, más o menos intencionados, eran inasequibles para mis intérpretes. Los suprimían con una frase decisiva o los transformaban con tal torpeza que perdían toda su pretensión satírica. Recuerdo que uno de ellos se refería a un tipo pusilánime que, en la película, no se decidía a hacer avanzar su automóvil porque en mitad de la carretera, una gallina se obstinaba en picotear si apartarse, a pesar de las palmadas y los gritos del personaje, al que estremecía de antemano la idea de destruir la vida de aquel animal.

El director me preguntó:

-       ¿Y cómo hacemos que la gallina se esté quieta?

-              ¡Ah! ..., no sé…; supongo que habrá algún medio…, algún truco…

Desapareció durante quince días. Al volver a verme me dijo:

-              Eso de la gallina no tiene solución. Lo he meditado, y no tiene solución.

-              - ¿No?

-              No. Naturalmente, usted no entiende estas cosas. Pero ya lo he arreglado yo.

-              ¿Cómo?

-              Pues…, se me ha ocurrido hoy; suprimimos el episodio.

-              Así “arreglamos” [sic] la película. Se suprimía todo lo que exigiese molestia o simplemente atención. Por verdadero milagro no suprimimos también a una criatura de seis u ocho años que tenía un papelito en el “film”. El gracioso arrapiezo debía asomar llorando por el montante de una puerta. Se le había explicado su obligación, y nada nos parecía tan fácil como que llorase un niño que se pasa la vida en esa ocupación, para él espontánea, y que cuenta, por lo tanto, con un importantísimo entrenamiento. Pero el crío, aunque hacía algunas muecas extrañas, no acababa de llorar, y la escena fue repetida varias veces. Pateando junto al tomavistas, el director se había hartado de gritar:

-              ¡Ese niño no llora! ¡Que llore ese niño! ¡Vamos a estar aquí hasta que entre en quintas!

Todos vociferábamos también:

-              ¡Pero ese niño! ¡Que llore en seguida!

El niño ensayaba toda suerte de visajes, pero ninguno se parecía a los que cualquiera criatura normal produce cuando llora.

Al fin, varios tramoyistas, cinco “extras” y dos o tres familiares del crío corrieron a ocultarse detrás de la puerta sobre la que él asomaba. El chiquillo lloró entonces con un llanto veraz, muy semejante al que desarrollan los niños de su tiempo cuando reciben más de siete pellizcos.

Después de cada esfuerzo análogo a éstos, el joven director corría a regalarse con un primer plano. Se hacía enfocar, movía lentamente la cabeza derecha a izquierda; otras veces -hay que reconocerlo- de izquierda a derecha; sonreía o bien enarcaba las cejas. Y esto parecía devolverle su tranquilidad, y aún fortalecerle físicamente, como si se hubiese dado una inyección de cacodilato.

La Providencia quiso ponerse de mi parte y estuvo en un tris que se acabase todo por defunción de algunos de los mimos, y aunque sería de sentir, porque dos de ellos eran los mejores con que contábamos, se habría evitado que la cinta llegase a ser proyectada nunca. El caso fue que se hacía preciso simular el rapto de una muchacha en la calle de Alcalá, a la luz del día. Eligióse el trozo de acera al pie del edificio de Bellas Artes -desde donde “rodaba” [sic] el operador-; y cuando Elisa Romero -que encarnó la protagonista- se acercó al lugar señalado, los dos mimos que debían secuestrarla, lanzándose contra ella. Pero detrás de Elisa, obsequiándola con galantería, caminaban dos transeúntes cualesquiera. Y al ver que la bella muchacha era brutalmente acometida y elevada en vilo por aquellos sujetos, se precipitaron a impedirlo, clamando por los guardias. Se detuvo el operador, se interrumpió la escena y se les explicó a los indignados caballeros que se trataba de un episodio de película. Vuelta a empezar. Pero entonces fue el chófer de un automóvil de punto frente a Bellas Artes el que saltó del “baquet” [sic] y, sin pronunciar palabra, acometió a puñetazos a los actores. Todavía hubo un tercer incidente. Cuando me enteré, comprendí los designios de la Providencia y le di mentalmente las gracias. Pero añadí:

-              No te molestes. Déjalos. Cuando llegue el momento, unas cuantas líneas harán que cada uno cargue con la responsabilidad que le corresponde.

Y ahora que, según se anuncia va a ser puesta en explotación la tal película, cuento estas pequeñeces como detalle sintomático y para que mi nombre no ampare con exceso lo que yo no apruebo sin repugnancia. W. FERNANDEZ FLORES (El Noticiero Sevillano, 1928)

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